Cris Budiño
27 Sep
27Sep

“Inclusivo” es aquello que integra, acoge y garantiza la participación de todas las personas, eliminando barreras para que nadie quede al margen por motivos de discapacidad, edad, origen, género.


Hay algo que cambia en la mirada cuando la vulnerabilidad deja de ser un concepto sin forma y se convierte en tu compañera de piso. Desde que «Mr. Park» decidió instalarse en mi vida, he desarrollado una especie de radar involuntario: veo con una nitidez casi dolorosa lo que la mayoría prefiere ignorar, y no deja de asombrarme la mezcla de indiferencia y egoísmo con la que a menudo nos cruzamos por la calle.



Ocurrió hace apenas unas semanas en una oficina de Correos. Había una cola de unas quince personas; todos mirando el teléfono, esperando su turno en esa burbuja hermética en la que solemos movernos. En eso, veo a un hombre en silla de ruedas que se dirigía hacia la salida llevando un paquete. Bajó la rampa interior sin problemas, pero al llegar a la puerta para salir, de esas pesadas, que parecen diseñadas para poner a prueba la fuerza de cualquiera, se encontró con el obstáculo evidente: era imposible empujar esa mole y maniobrar la silla al mismo tiempo. Me quedé mirando unos segundos, esperando el gesto natural de cualquiera de los que estaban en la fila. Nada. Quince personas, quince pares de ojos, y tuvo que ser este cuerpo que lidia a diario con el Parkinson el único que se despegó del sitio para abrirle y facilitarle la salida. Nadie miró mal, pero nadie se movió. La ceguera social es pasiva, pero pesa una tonelada.


La segunda escena ocurrió ayer mismo en Ribeira. Una tarde hermosa, ambiente festivo, el paseo lleno de gente para animar en una carrera popular. Era la prueba reina, los 10 kilómetros en categoría absoluta, que además contaba con grupos inclusivos. Cientos de zancadas cruzando el asfalto. Entre el pelotón, una mujer de 73 años devorando kilómetros a su ritmo; algún corredor con discapacidad visual avanzando en perfecta sintonía con su guía; personas empeñadas en ganarle un pulso al destino con cada paso. 

Hace apenas unas semanas yo habia estado luchando en mi desafío Pedaladas de Coraje y se lo que se siente.

A unos cinco metros de mí, una mujer de unos cuarenta y tantos, rubia casi vestida como un “Fraggle Rock”, no aplaudía. No miraba el esfuerzo ajeno; miraba su reloj. Se pasó buena parte de la prueba resoplando y protestando a viva voz porque, según ella, la carrera iba con retraso y habría que esperar por la señora para que pudiera empezar la tanda de su hija.


Escuchar ese desprecio en voz alta produce una mezcla de incredulidad y tristeza. ¿En serio? ¿En pleno 2026 seguimos midiendo el valor de un evento comunitario únicamente por la prisa individual? Aquella mujer no veía el coraje de una septuagenaria cerrando la carrera ni la generosidad de un guía; solo veía un obstáculo para su propia conveniencia. 

La inclusión de boquilla queda preciosa en los carteles municipales y en los discursos institucionales, pero la verdadera prueba del algodón se pasa en los metros finales de una prueba deportiva o frente a la puerta pesada de un edificio público. Es en la paciencia, en la capacidad de celebrar el paso del otro aunque no vaya al sprint, donde se demuestra qué clase de sociedad somos. 

El deporte popular no es solo cronometraje de élite; es comunidad, resistencia y espacio compartido. Quizá a algunos les vendría bien calzarse unas zapatillas, o simplemente pararse a mirar de verdad y para entender que la meta más importante nunca ha sido llegar primero, sino no dejar a nadie atrás. 

Hoy he decidido que el próximo año voy a correr esa prueba, llegaré?? la terminaré?? Llegaré de los últimos??, casi seguro pero lo intentaré. De eso no tengo dudas


.Pd: La organización, INCREÍBLE.

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