¿Y ahora qué?
Han pasado ya quince días. No me imaginaba que el aterrizaje iba a ser así.
Siempre me repetí que, al cruzar la meta de Pedaladas de Coraje, no me costaría nada mirar hacia adelante y buscar el siguiente horizonte. Ayer volví a subirme a la bici por primera vez desde que terminé el reto, y la realidad me pegó de frente: sentí un vacío inmenso.
Esa pregunta que retumba por dentro sin pedir permiso: ¿y ahora qué?
El cuerpo avisa, la mente no perdona
Si no les das candela, se apagan. La medicación es fundamental, por supuesto, pero tengo más que comprobado en mi propia piel que, sin castigar las piernas y sin sudar de verdad, la química sola no basta.
Ayer, al bajarme de la bicicleta, estaba desmoronado. Venía arrastrando una mala noche, de esas en las que el síntoma acecha en la oscuridad y te recuerda que sigue ahí.
La lectura es clara: sin un nuevo objetivo, no hay motivación.
Ayer rodaba por el pueblo y los alrededores sin ton ni son, como un alma en pena. Dando pedales solo por darlos, mirando el cuentakilómetros solo para ver cuánto faltaba para volver a casa. Antes no era así: salía a entrenar con el cuchillo entre los dientes, a reventarme a series para llegar más fuerte al día señalado. Ayer solo salí a dar un paseo sin rumbo.
El motor necesita volver a rugir
Tengo la obligación personal de encontrar un nuevo desafío. Algo que vuelva a encender la chispa y me obligue a exigirme al límite. Quizás en el fondo ya sé cuál es el camino; quizás aún lo estoy buscando. Pero tengo la certeza absoluta de que este vacío solo se cura sobre la bici y entrenando duro.
Pedaladas de Coraje ha sido una experiencia brutal:
El recuerdo se queda grabado a fuego, pero hay una frase que no para de repetirme la gente cercana y que no puedo sacarme de la cabeza: no puedes parar.
Ya le estoy dando vueltas al coco. Toca afinar la puntería, elegir el próximo objetivo y volver a entrenar con la misma hambre de hace apenas un mes.